Roger Sánchez, tutor en el Centro de Escritura del campus Monterrey, reflexiona sobre un muro que no logrará separarnos
Por Roger Sánchez | TORRE DE BABEL - 09/12/2019

Aterrizas en el aeropuerto de Tijuana y lo primero que te llama la atención es la cercanía con el país vecino.

Basta cruzar la calle para lograr tocar la valla metálica. Esa enorme estructura que recorre varios kilómetros sobre montañas y planicies para definir los límites políticos de dos naciones.

A pesar de los intentos por impedir el paso de migrantes con la construcción del muro, en realidad, resulta difícil pensar que podrán separar a toda una comunidad que habita, que estudia, que trabaja y que realiza negocios a ambos lados de la frontera.

Son familias enteras que se mueven de manera habitual de un país a otro. Niños y jóvenes que acuden a sus clases, mujeres y hombres que compran los víveres para el consumo doméstico; e incluso, turistas que aprovechan su estancia para divertirse en los parques de California.

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Aterrizas en el aeropuerto de Tijuana y lo primero que te llama la atención es la cercanía con el país vecino.

Afirmar que hay una misma cultura entre los habitantes de esta zona, sin importar lo que señale su pasaporte, no parece una exageración debido a que hay una serie de preocupaciones compartidas.

El riesgo sísmico está latente, la migración ilegal continúa en ascenso, el tráfico de drogas que no se detiene.

Sin embargo, es palpable que los pobladores de ambas naciones hablan un mismo idioma, una mezcla interesante de modismos y de usos gramaticales tan peculiares que los más celosos vigilantes de la lingüística pondrían el grito en el cielo al escucharlos.

Asimilar que las prácticas familiares y las expresiones artísticas de esta región han terminado por hacerse una sola, es un modo de conciliar las diferencias históricas entre ambas naciones.

El muro que se construye podrá dividir las fronteras, podrá limitar el cruce del transporte y de las personas, pero difícilmente logrará separar los lazos de una comunidad vibrante y vigorosa, de una comunidad que reclama su propia identidad cultural.

Averiguar cuál es el motivo para que la cultura de estas naciones en esta zona geográfica se precie de ser una misma es muy sencillo.

La palabra es empatía. Cada persona, cada gobierno ha forjado una memoria colectiva para reconocer sus propias limitaciones y encontrar apoyo con el vecino.

De la misma manera, ha puesto al servicio de sus vecinos lo mejor de sus capacidades.

Aseverar que la empatía, como un valor universal, es la razón principal para creer que es posible construir sociedades en armonía, nos pone en una situación de privilegio.

Cuántas historias hemos presenciado de pueblos vecinos que no han logrado superar sus diferencias y continúan en permanente conflicto.

México y Estados Unidos no pueden separarse. Nos divide un muro y nos une una cultura.

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Roger Sánchez es doctor en Educación y colabora como tutor en el Centro de Escritura del Campus Monterrey.

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