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COVID-19: ¿Por qué sentimos miedo?

La respuesta puede ser obvia: porque nuestra salud está en riesgo. Sin embargo, los expertos nos indican que la mayor parte de las personas que contraigan la enfermedad saldrán adelante y sin mayores complicaciones.

Entonces… ¿por qué aun así sentimos temor? y en algunos casos hasta pánico, cuando escuchamos o vemos noticias o información sobre el virus.

Nuestra mente se llena de información negativa ¿te suena?

Hay muchas consecuencias evidentes de las medidas tomadas por autoridades para contener los contagios: el cierre parcial/ temporal de negocios, las restricciones para viajar, un posible colapso de los sistemas de salud. Todo eso lo escuchamos por todos lados. Estamos hiperinformados.

La multiplicación de imágenes que reflejan lo anterior, así como el conocimiento de personas que ya se han contagiado, contribuyen a que nuestra mente se desborde llenándose de ideas e imágenes catastróficas y devastadoras.

Situaciones que nos enfrentan ante una enorme autopercepción de vulnerabilidad, ante la gran incertidumbre y falta de control frente al COVID-19 y que nos impide creer que sí podemos tomar las decisiones concernientes a nuestra salud.

En padecimientos no contagiosos, como la diabetes o los problemas cardíacos, sentimos que los factores que pueden prevenirlos o evitarlos están a nuestro alcance. Y, si nos apegamos a las indicaciones médicas sabemos que incluso, podemos tener un buen control de los mismos y vivir bien con ellos.

En el caso de enfermedades infecciosas, como el COVID-19, que además ha resultado particularmente contagioso, nos pone ante el otro, el semejante, como alguien de quién debemos cuidarnos para evitar que nos contagie.

Sentimos que dependemos de otro para quedar o no infectados. Esto provoca una reacción de distanciamiento, no sólo físico (como medida sanitaria), sino también afectiva.

La sola idea de considerar lo anterior ya nos genera miedo puesto que sentimos que perdemos el control sobre nuestro bienestar.

Todo sería más fácil si sólo pensáramos ‘racional y objetivamente’, pero...

No es así. Las ideas no vienen solas. Incluyen emociones. Quisiéramos sentir, que si tan sólo pudiéramos creer que apegándonos a las medidas sanitarias sugeridas (lavarnos las manos con agua y jabón por 40-60 segundos, quedarnos en casa, usar gel antibacterial con alcohol al 70%), la situación emocional estuviera resuelta y no pensar más allá, todo sería más sencillo.

Pero como suele suceder, hacemos nuestras propias interpretaciones de la realidad; cada uno desde su singularidad, subjetivamente. Estas interpretaciones se ven construidas a partir de la incertidumbre y del gran temor de perder la salud.

Eso, aunado a las imágenes que vemos de gente con cubre bocas en las calles, o el estar al tanto del aumento de las cifras de pacientes contagiados y graves, impide que percibamos con veracidad lo que sucede. Y lo único que sentimos es miedo y actuamos a partir de él.

El aislamiento social puede interpretarse como una amenaza de la cual no tenemos escapatoria, y si el miedo nos domina, perdemos de vista los beneficios de cuidarnos unos a otros con esta medida.

En general tenemos en nuestras manos (y nuestra mente) la decisión de cómo vivir esta contingencia.

Las acciones preventivas nos ayudan a cuidar nuestra salud física y está en nosotros hacer lo posible por cuidar nuestros pensamientos y emociones para poder afrontar la contingencia, conservando una buena salud mental y emocional ante esta situación. Y poder, además, cuidarnos en colectividad.

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